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Ritos de la muerte

Por; Rubén Moreta

Por la naturaleza finita de los seres vivos, la muerte es consustancial a la vida, aunque, para los humanos, ésta resulta siempre umbría e insondable.  La vida y la muerte discurren en una extraña y silente dicotomía.  La vida con grandes aliados  y apologistas (la religión y la ciencia), y la muerte, despreciada e impugnada por el fundamentalismo religioso, que sugiere y promete -tras su consumación- una nueva vida al lado de Dios, o si el comportamiento fue detestable, una condena oprobiosa junto a Satanás.  De esta manera, el paradigma religioso esboza un enfoque reduccionista de la muerte, porque promete más vida tras la muerte, que sería placentera con Dios versus otra en arredro con el Diablo. 

Socialmente, en torno a la muerte se han construido rituales  que van a guardar relación con la cultura y tradiciones de cada pueblo.  Estos ceremoniales son antiquísimos. Fueron los neandertales los primeros homínidos que comenzaron a enterrar a sus muertos, lo cual data de aproximadamente 230 mil a 130 mil años. 

En San Juan, como en el resto de nuestro país, los muertos son velados en la sala de la casa, en una funeraria o un centro comunitario rural. 

Hasta finales del siglo pasado muchas familias amanecían velando al difunto.  Eran velorios maratónicos hasta la hora del entierro. 

Las casas funerarias limitan el velatorio hasta las once de la noche y logran hacer menos extenuante esas horas de infortunio. 

Algunas personas, generalmente muy mayores, que ellos mismos construyeron su casa, por el valor que le confieren a su morada, antes de morir piden que no lo velen en tanatorios, sino en su techo que levantaron con mucho sacrificio.

El llanto es abundante entre los familiares cercanos.  Cada vez que llega una persona a ofrecer el pésame, se encienden los gritos dolorosos.  Mientras de menor estrato social sea el difunto, habrá más llanto.  Los de clase media y los ricos suelen llorar menos.

En la sala de la vivienda donde residía el finado, se prepara un pequeño altar encima de una mesa, cubierto con un mantel o sábana blanca (ocultándole  siempre las patas a dicho mueble), con una fotografía del difunto en el centro, junto a imágenes de la virgen de la Altagracia, de Jesucristo u otra deidad o imagen católica. 

El pequeño retablo doméstico es adornado con flores frescas dentro de un jarrón con agua, un velón grande (encendido todo el tiempo), un crucifijo, una campana, agua bendita y ramitas de ruda.  Debajo de la mesa del altar se coloca un vaso de agua y una taza de café, que no pueden tocarse durante todo el novenario. 

Conforme las tradiciones religiosas de República Dominicana, después de la sepultura,  los familiares del difunto suelen dedicarle y guardarle un novenario, que es un tiempo de recogimiento, donde se recibe el pésame de amigos y allegados, se realiza una misa al caer la tarde y el ultimo día, un rezo especial con tres tercios del rosario de una hora de duración.  Puede ser también una “hora santa” y una misa, o simplemente una misa de una hora con un sacerdote. 

Para las novenas se utiliza una rezadora o rezador de la comunidad para dirigir, sentada/o al lado del pequeño altar, el santo rosario.  Asimismo, pueden encabezar las novenas un grupo de rezadoras de la iglesia católica local.  Otros prefieren hacer la novena en el templo más cercano. 

Los dolientes suelen usar vestimenta de color negro, gris, blanco o combinaciones.  Las mujeres suelen permanecer meses y años con ropa de estos colores apagados, como sinónimo de respeto al ser ido a destiempo. 

En las comunidades rurales sureñas y en los barrios populares, la puerta frontal de la casa del difunto no se abre durante el novenario. Concluido el último rezo, se procede a abrir dicha puerta y se lanza el vaso de agua y la tasa de café que estuvo durante los nueve días debajo de la mesa, para que el espíritu del difundo se marche y no se quede deambulando en el interior de la casa.

Acuden al último rezo todos los familiares lejanos y amigos que no pudieron ir al velatorio, por lo que se congrega mucha gente.  Ese día, aún vivan en condición de pobreza, los deudos anfitriones preparan abundante comida y brindis.  En los campos rurales del sur se “matan” animales y se cocinan en el patio o en una casa contigua.  Cuando la comida está preparada, ordenadamente se van llamando a los presentes a disfrutar de los alimentos.

En los centros urbanos, las capas medias y los muy adinerados contratan servicios gastronómicos en restaurantes que son servidos in situ.

Cada año, hasta el séptimo aniversario, se le hace al difunto una ceremonia que en los campos sanjuaneros denominan “cabo de año”.  Esta denominación es el resultado de la corrupción de la frase “al cabo de año” o “al cabo del año”, y consiste en una reunión de familiares, vecinos, amigos y/o allegados para recordar la sentida partida del pariente.

En la conmemoración “al cabo del año” se pronuncian tres tercios del rosario, o se hace una “hora santa”, que es un solo rosario de sesenta minutos o una misa en la casa familiar o en una iglesia.  Tras los siete años de recuerdo ritual se abandona la conmemoración mortuoria aniversaria.

Puede haber cambios en el novenario, porque modernamente, cuando hay familiares cercanos que residen en otros pueblos, la familia, de común acuerdo, puede hacer recortes y adaptaciones de días para que las últimas preces se hagan sábado o domingo.  Los cristianos protestantes o evangélicos no siguen estas tradiciones.


El autor es Profesor UASD.

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